La Argentina cambió ayer, pero no tanto. Tenemos nuevo presidente, proveniente de la oposición, pero la transfiguración política que provocó la elección no mutó hacia la hegemonía, sino hacia el equilibrio. Una novedad que tendrá efectos importantes en el modo de gobernar el país durante la gestión de Alberto Fernández. Veamos porqué.

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Informe estratégico sobre Argentina

Número 49 28 de octubre 2019

Sorpresas en el resultado electoral condicionan la gestión de Fernández

La Argentina cambió ayer, pero no tanto. Tenemos nuevo presidente, proveniente de la oposición, pero la transfiguración política que provocó la elección no mutó hacia la hegemonía, sino hacia el equilibrio. Una novedad que tendrá efectos importantes en el modo de gobernar el país durante la gestión de Alberto Fernández. Veamos porqué.

Por Matteo Goretti

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Alberto Fernández gobernará sin mayoría propia en el Congreso, igual que le tocó al presidente saliente, Mauricio Macri. El nuevo bloque parlamentario oficialista Frente de Todos deberá negociar las leyes con la oposición, sobre todo en la Cámara de Diputados, donde Juntos por el Cambio mantendrá la primera minoría.

Resulta interesante notar que, a pesar de la polarización y de la confrontación en campaña de dos propuestas contrapuestas, el resultado final de la elección haya sido el de la moderación. La polarización extrema provoca equilibrios.

Fernández le ganó a Macri por casi 8 puntos, un triunfo claro pero no contundente. Esta diferencia expresa dos cosas. Por un lado, el éxito del #SiSePuede que Juntos por el Cambio desplegó entre las PASO y la elección general. A pesar de que no le alcanzó, el oficialismo mejoró sensiblemente su desempeño respecto de la elección anterior. Por otro lado, el Frente de Todos sólo pudo consolidar su voto, que le fue suficiente para ganar, pero no arrasó como algunos especulaban. La síntesis de este resultado es la voluntad de los argentinos de instalar contrapesos que eviten los abusos autoritarios.

En el corto plazo, el resultado de las elecciones de ayer debería incentivar a las dos partes a negociar la transición, sumado al grave panorama económico, que vuelve contraproducente la toma de decisiones unilaterales por parte del perdedor. Una actitud acuerdista facilitaría el recorrido hacia el cambio de gobierno del 10 de diciembre, y permitiría generar mayor certidumbre y adelantar decisiones fundamentales para la economía.

Pero el dato sobresaliente es que la nueva configuración institucional resultante de las elecciones obligará a gobierno y oposición a la negociación, toda una novedad con el peronismo en el poder. Habrá que esperar para ver qué forma toma.

Los equilibrios en la política son buenos, permiten los acuerdos y la moderación. Sin embargo, en un sistema como el nuestro la inexistencia de mayorías claras puede aletargar los procesos de transformación y paralizar la toma de decisiones importantes que resuelvan los problemas, agravando la crisis económica y social. La respuesta esperada a esta situación debería ser un acuerdo fundamental entre el gobierno y oposición. Sin embargo, nuestro país carece -lamentablemente- de una tradición de acuerdos, que son considerados por la clase política y la opinión pública como contubernio, pactos espurios y traición.

Además de acordar la transición, Alberto Fernández deberá mostrar cuanto antes sus cartas, en especial su nuevo equipo de gobierno, que nos traerá indicios acerca de hacia dónde tratará de dirigir el país. Esto es impostergable. No hacerlo ya agravará la crisis.

El resultado electoral también redibujó a Juntos por el Cambio. Horacio Rodríguez Larreta ganó en la ciudad de Buenos Aires en primera vuelta. Confirma su liderazgo y se proyecta como figura política nacional con peso propio y capacidad de competir por la presidencia.

El 40% de los votos cosechado por Juntos por el Cambio debería favorecer la unidad interna de esa coalición política y fortalecerla de cara a las negociaciones parlamentarias con el próximo gobierno. Queda menos claro quién la liderará, si será Macri o si se buscará una renovación para competir exitosamente en los próximos turnos electorales.

La gran incógnita es el futuro de María Eugenia Vidal. Política ampliamente valorada, perdió en su distrito, pero conserva un capital electoral que muy probablemente mantendrá vigencia.

En el orden de la competencia electoral y la alternancia, las elecciones de ayer consolidan un sistema de dos coaliciones competitivas; también un escenario alejado de la hegemonía, de revancha de la política y de necesidad de acuerdos.

Finalmente, la economía. Las elevadas expectativas generadas y las promesas de campaña se encontrarán antes que después con la emergencia económica y las restricciones que provocó la crisis. No sabemos aún que hará el presidente electo Fernández. Si sabemos que tendrá un menú muy limitado de opciones debido a la pesada herencia que recibirá. No le será fácil: deberá decidir si opta por el camino de hacer poco, con la esperanza de que el cambio de expectativas provoque una mejoría, como eligió el gobierno que se está yendo, o implementar un plan sustentable que genere transformación y bienestar.

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